La Coordinación Dimensional. Presentación

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Cordinacion 80.gif Nota: Este artículo ha sido creado gracias al Instituto de Tecnología de la Construcción de Cataluña (ITeC) en el marco del Programa de Afiliados de la Construpedia. El contenido pertenece a la publicación "Proyectar la Arquitectura desde la Coordinación Dimensional". Ver todos los artículos de "Proyectar la Arquitectura desde la Coordinación Dimensional" en la Construpedia.

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La historia de los arquitectos que nos especializamos en el diseño y cálculo de estructuras en los años 60-70 (tal y como las personas solemos recordar, es decir, sin que el recuerdo coincida exactamente con aquello que en realidad sucedió) estuvo muy vinculada a unos sistemas estructurales emergentes: la jácena plana y el forjado reticular horizontal.


Los adalides de los forjados reticulados eran los propios fabricantes de piezas de aligeramiento (“casetones”); los de la jácena plana –del mismo grosor que el forjado–, los fabricantes de elementos para forjados convencionales (de viguetas y de bovedillas). En ambos casos se solía recurrir a la ficción de que esos sistemas eran analizables por asimilación a los pórticos (era prácticamente la única herramienta de análisis con que se contaba en aquel momento). En el primer caso, la armadura resultante del cálculo se distribuía entre las diferentes fajas (de pilares y centrales), acercándose mucho a la distribución necesaria para lograr los esfuerzos como “placa”; en el segundo, aún comportaba una ficción más: se suponía que, en una dirección, todos los esfuerzos se acumulaban sobre algo que denominábamos “jácena” y que, en la otra, se distribuían uniformemente en lo que llamábamos “forjado”.


Estas hipótesis resultan totalmente inadecuadas para lograr los esfuerzos “en servicio”, pero suficientes para garantizar una cierta seguridad a la ruptura, dado que es fácil suponer que, previamente al colapso (si el conjunto es lo suficientemente dúctil), el sistema funcionará según un modelo multifisurado, cercano a los suposiciones efectuadas (pero, en esta situación, ¡que enorme disparate es enyesar directamente los forjados!).


Ambos sistemas triunfaron, a pesar de que requerían mucho más acero que los forjados de jácena peraltada, lo que ratifica la opinión de J. Calavera, en el sentido de que el uso de una cantidad suplementaria de acero no representa un sobreprecio si este incremento permite una mejor racionalización de la obra (otra cosa es, obviamente, que en el balance energético del edificio el exceso de armadura conlleve un impacto adicional en el medio natural). Finalmente, no es ocioso recordar que la promoción de estos sistemas fue muy singular, porque se basó en el hecho de regalar el cálculo de la estructura a quien usara los componentes del correspondiente fabricante.


Esta práctica ha penalizado hasta hoy la labor de las ingenierías, puesto que el trabajo de cálculo estructural ha tenido que ajustarse a unos costes (determinados por metro cuadrado) inferiores a los necesarios para hacer frente a las responsabilidades que se asumen. Además, la implantación de esas prácticas tuvo consecuencias importantes en la forma de operar de muchos arquitectos: podían distribuir las plantas al margen de las limitaciones estructurales, porque las jácenas, que antes colgaban por debajo del forjado y eran un obstáculo para la libre compartimentación de los espacios, habían dejado de ser aparentes.


Además, una vez demostrado, en el caso del forjado reticular, que el sistema era poco sensible a perder seguridad aunque los pilares no se ajustaran a una red ortogonal rigurosa –de hecho, prácticamente podían ir a parar a cualquier lugar–, los arquitectos se desentendieron, con bastante frecuencia, de la posición en planta de estos elementos de soporte (cedían esa responsabilidad al calculista).


En resumen: el diseño de los edificios llegó a liberarse de muchas de aquellas limitaciones que, desde siempre, imponían las estructuras. Pero contrariamente a lo que se podría pensar, esa mayor libertad de composición acabó incidiendo negativamente sobre el resultado arquitectónico, debido a que, en primer lugar, comportó que se fomentara una total despreocupación de los diseñadores respecto a la estructura (y de ahí la aparición de patologías que no se pueden erradicar de ningún modo si no se cambia la forma de proceder) y que, en segundo lugar, se tendiera a un desorden estructural instituido que dificulta la racionalización de la obra y la compatibilidad entre componentes de la construcción (interferencias en la intervención de los distintos ramos, ajuste permanente de medidas, recortes de materiales por todas partes...).


La situación se hizo tan insostenible que, en Cataluña, el primer promotor del país (el Gobierno de la Generalitat) estableció medidas por corregirla. Así, en los concursos públicos se primaron aquellos proyectos redactados desde un orden estructural estricto, condición que quedaba perfectamente clara en la demanda de que “las estructuras se pudieran construir con cualquier método, incluyendo la prefabricación”.


Desde el ITeC, esa voluntad de recuperar la construcción como elemento integrador del diseño arquitectónico se manifestó claramente en la propuesta de escribir un libro sobre la racionalización de las medidas y la compatibilidad entre los materiales. Transcurridos los dos años que ha durado su proceso de redacción, es una gran satisfacción poder presentar el texto del profesor Zamora, que estimamos altamente sugestivo: a los jóvenes, les descubrirá nuevas referencias para conseguir resultados arquitectónicos “construibles”; a los más âgés, nos recordará otros tiempos en los que la racionalización (prefabricación) de la obra era el referente más inmediato de que se valía la arquitectura internacional para hacer frente al problema de la vivienda social.

Fructuós Mañà i Reixach

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