El Dilema de la Energía. Energía en el Ámbito Local. El Papel de los Municipios

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La demanda energética de las ciudades se multiplicó mientras estas se expandían a lo largo de la primera y segunda revolución neolítica (Prades, 1997); a la madera se incorporó la fuerza de los animales; al viento y al agua, ya en la etapa preindustrial, se incorporó una nueva fuente de energía, el carbón, un producto que se presentaba en cantidades inmensas, pero con una cualidad diferenciadora respecto a las demás: se trataba de un recurso fósil y, por tanto, de reservas limitadas.

La sociedad entró en la era industrial, accionada por la máquina de vapor, apareció la electricidad y el motor de combustión, lo que abrió las puertas a la explotación intensiva del petróleo.

Desde la alimentación, como necesidad energética base para la vida, equivalente a unos 90 kilogramos de petróleo por persona y año, se ha pasado a nuevas necesidades que han disparado el consumo hasta los 4.000 kilogramos equivalentes de petróleo, que es la media por persona y año en los países industrializados.

La población ha pasado de unas pocas comunidades dispersas por el territorio a más de seis mil millones de personas. La demanda energética ha alcanzado cifras astronómicas, 216 millones de barriles equivalentes de petróleo diarios en el 2001, o lo que es lo mismo 10.100 millones de toneladas equivalentes de petróleo al año, el 80 por ciento de esa energía procedente de fuentes fósiles, es decir del petróleo, el gas y el carbón.

Problemas Emergentes del Consumo Energético

El consumo energético presenta al menos dos problemas serios.

1. El carácter limitado de las reservas fósiles.

Los modelos y procesos reales de esta evolución presentan características comunes, siguen una forma de campana (Deffeyes, 2001), al principio la oferta y la demanda crecen parejas, después se alcanza un nivel máximo de producción (punto de Hubbert), a partir del cual la producción decrece inevitablemente.

Se cree que este punto de Hubbert será alcanzado en esta década o a mediados de la próxima; ello afectará a la oferta y la demanda y por tanto provocará una alteración inevitable de los precios. Este encarecimiento permitirá paliar temporalmente los problemas de abastecimiento poniendo en explotación nuevos yacimientos que requieren costes de inversión más elevados, pero la tendencia inevitable es hacia una diferenciación entre la oferta y la demanda.

La cuestión, pues, no es solo si el petróleo durará cuarenta años más, o menos; es seguro que el petróleo no se acabará nunca porque la humanidad dejará de utilizarlo antes de que la última gota sea extraída. El problema tiene más que ver con la capacidad para continuar abasteciendo el mercado; es lo que la Unión Europea llama los problemas asociados a la seguridad de suministro (CE, 2001).

2. La combustión del petróleo, el gas y el carbón producen de forma inevitable la formación de CO2.

Este carbono emitido en grandes cantidades en forma de gas, acaba provocando el llamado efecto invernadero, que deriva, a su vez, en un proceso de alteración de las condiciones de habitabilidad del planeta. Las emisiones en este momento alcanzan los 22.000 millones de toneladas al año, cerca de 10 toneladas por persona y año en los países industrializados.

En la Directiva europea (Directiva 2004/101/CE) sobre comercio de emisiones, de reciente publicación, la Unión Europea señala que estas emisiones deberían de ser reducidas en un 70 por ciento.

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