Todo empezó hace menos de un año. El desplome de las inmobiliarias en Bolsa fue el primer síntoma de que el festín en el que habían vivido los constructores españoles podía estar acabando. Pese a los mensajes de los empresarios y del Gobierno, que repetían machaconamente que aquí no pasaba nada, que el sector vivía una desaceleración beneficiosa para todos, los datos conocidos esta semana ya no dejan lugar a dudas: se desploman las ventas, las hipotecas concedidas, los permisos de los arquitectos para construir, los inicios de viviendas... Mientras, el Euríbor ha alcanzado su máximo anual.
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